
Poco a poco lo comprenderás. Mirarás la lluvia con otros ojos y ese verde absenta de tu mirada se diluirá entre los regueros de las aceras. Hoy llueve, igual que ayer, igual que mañana, igual que en tu corazón, como siempre. Nada la para. Ni dioses ni humanos, pues va más allá de Bien y del Mal, de lo justo y de lo injusto. Siempre está lloviendo en algún sitio del globo, aunque no la veamos, cuando es dentro de alguien.
La gente es como la lluvia, con sus vicios y virtudes, las personas (gotas) de nuestra existencia nos empapan de algo de ellas, unas gotas calan, otras solo humedecen, y otras están destinadas a secarse al calor del fuego o a dejarse llevar por las consecutivas.
Hay gotas raudas y finas, calabobos, que nos pillan de improviso, que vienen sin que las llamen y que al igual que llegan se van, pero que está ahí, con cierta frecuencia, sin aviso ni perdón, de las cuales tan sólo algunas son recordadas y la mayoría de ellas son absorbidas por la tierra. Su llegada a menudo crispa los nervios, no obstante hay quien las disfruta.
Están las gotas gordas, frías, de tardes de frío y cielo negro, que al deslizarse por nuestra espalda nos dan escalofríos, llenos de dolor y placer, de sensaciones distintas según quien las reciba. Es lluvia con contenido, esperada, la que gusta pasar en domingo de película, sofá y manta. Ésta es importante, pues se recuerda siempre, moja con razón, empapándonos hasta los huesos, encharcando las calles, los corazones, las almas, dando el combustible de los ríos de la vida, del amor...Los besos bajo esta acuosa cúpula son los mejores, pues al igual que con la electricidad, esta lluvia conecta las almas, que fluyen entre lágrimas, de los ángeles quienes envidian de los hombres poder amar, mientras el hombre sueña con volar. Las lágrimas no son más que la lluvia del corazón,, pero salada, pues la tristeza les aporta el sabor, de forma que ayuda a unirse, abrazarse, en un beso al margen de los paraguas.
No menos importante es la lluvia de tormenta, copiosa, nocturna, que grita y brama pues le duele llegar al mundo en un parto doloroso del cielo, negro como el carbón, iluminado por sollozos eléctricos al desprenderse de sus pequeñas, solitarias y acuosas hijas, que van solas al caer, pero unidas con más fuerza en la caída, vengándose del mundo que las hace sufrir embarrándolo, con viles tretas. Desbordan ríos, destruyen montañas y arrastran en riadas a resto en su plan de destrucción.
Mas ¿Que importa la lluvia? Lo importante son las gotas, pequeñas o grandes, rápidas o muy pausadas pero gotas al fin y al cabo. No importa en qué charco caigamos si caemos juntos...
Aunque no me importaría caer en tu charco, o ser una lágrima tuya...
La gente es como la lluvia, con sus vicios y virtudes, las personas (gotas) de nuestra existencia nos empapan de algo de ellas, unas gotas calan, otras solo humedecen, y otras están destinadas a secarse al calor del fuego o a dejarse llevar por las consecutivas.
Hay gotas raudas y finas, calabobos, que nos pillan de improviso, que vienen sin que las llamen y que al igual que llegan se van, pero que está ahí, con cierta frecuencia, sin aviso ni perdón, de las cuales tan sólo algunas son recordadas y la mayoría de ellas son absorbidas por la tierra. Su llegada a menudo crispa los nervios, no obstante hay quien las disfruta.
Están las gotas gordas, frías, de tardes de frío y cielo negro, que al deslizarse por nuestra espalda nos dan escalofríos, llenos de dolor y placer, de sensaciones distintas según quien las reciba. Es lluvia con contenido, esperada, la que gusta pasar en domingo de película, sofá y manta. Ésta es importante, pues se recuerda siempre, moja con razón, empapándonos hasta los huesos, encharcando las calles, los corazones, las almas, dando el combustible de los ríos de la vida, del amor...Los besos bajo esta acuosa cúpula son los mejores, pues al igual que con la electricidad, esta lluvia conecta las almas, que fluyen entre lágrimas, de los ángeles quienes envidian de los hombres poder amar, mientras el hombre sueña con volar. Las lágrimas no son más que la lluvia del corazón,, pero salada, pues la tristeza les aporta el sabor, de forma que ayuda a unirse, abrazarse, en un beso al margen de los paraguas.
No menos importante es la lluvia de tormenta, copiosa, nocturna, que grita y brama pues le duele llegar al mundo en un parto doloroso del cielo, negro como el carbón, iluminado por sollozos eléctricos al desprenderse de sus pequeñas, solitarias y acuosas hijas, que van solas al caer, pero unidas con más fuerza en la caída, vengándose del mundo que las hace sufrir embarrándolo, con viles tretas. Desbordan ríos, destruyen montañas y arrastran en riadas a resto en su plan de destrucción.
Mas ¿Que importa la lluvia? Lo importante son las gotas, pequeñas o grandes, rápidas o muy pausadas pero gotas al fin y al cabo. No importa en qué charco caigamos si caemos juntos...
Aunque no me importaría caer en tu charco, o ser una lágrima tuya...
